Hoy vamos a conversar sobre los portales naturales y los espíritus guardianes; una conexión con la madre tierra que parece estamos olvidando.
Los espíritus guardianes

Si algo saben de siempre los chamanes es que así como los seres tienen espíritu, los lugares también lo tienen.
El árbol más grande de un parque, el que más destaca entre el paisaje, el diferente, el solitario… Alguno de ellos seguro es el espíritu del lugar. Lo reconocerás porque atrae la mirada sin pedir permiso, porque el viento parece detenerse un instante al pasar junto a él, porque hay algo en su porte que no es solo madera y savia.
Las casas tienen el suyo, o los suyos, cuando el espacio es grande. El río, el lago, la montaña también lo tienen, y por eso el chamán lo sabe y es respetuoso de ellos: nada hace sin pedirles permiso. Nada.
Los pueblos mapuche los llaman ngen, guardianes de cada elemento natural: del agua, del bosque, del volcán. Pillanes buenos y pillanes malos donde la vida nace crece y nos envuelve. En los Andes se les nombra Apus, espíritus de las montañas que observan, protegen y también cobran cuando el respeto falta. En otras tierras tendrán otro nombre, otra lengua, otro rostro. El nombre cambia, pero la presencia no.
Son los dadores de bendiciones y benevolencia, los vigilantes silenciosos de la vida y la armonía.
Prueba subir una montaña con irresponsable irrelevancia y puedo asegurarte que no lo harás una segunda vez. La montaña, o mejor dicho su espíritu, se encargará de ello. No como castigo con forma de rayo o desprendimiento —aunque a veces así lo parezca— sino como esa sensación de extravío, de peso en las piernas que no es cansancio, de puerta que no se abre por más que se empuje.
Vengamos mas cerca…

Lo saben marineros, mineros, baqueanos y pescadores; lo sabe el caminante de desiertos o el pastor que arropa sus cabras en las laderas. Todos ellos, sin nombrarlo con libros ni con títulos. Aprendieron a caminar despacio sobre la tierra que no les pertenece, sino que los sostiene.
El hombre de ciudad parece no haber cursado ese aprendizaje en la escuela de la vida. Muchos hasta ríen con burla y sarcasmo cuando oyen de estas cosas. O algún lugareño se las dice procurando su respetuoso tino y recibe por respuesta una sonrisa condescendiente.
Hubo un tiempo donde el hombre y la tierra hablaban un mismo idioma. La tierra le daba el río y el hombre su respeto. Nada, o muy poco, queda de ese entonces; casi todo se ha perdido. El chamán, con tristeza profunda, sigue preguntándose qué hubiésemos sido, si hubiéramos podido ser. Quizás solo la Pachamama lo sepa. El hombre de a pie ya ni siquiera se lo pregunta.
Así, con esta introducción, recién podemos hablar de los portales naturales.
Los portales que abre la naturaleza

Bosques, ríos, montañas: umbrales sagrados. Sitios donde lo material y lo espiritual se encuentran más cerca, porque las dimensiones se estrechan y la energía fluye con más fuerza. No es casualidad ni superstición de pueblos antiguos. Es una percepción que se entrena, como se entrena el oído para la música o el ojo para el color.
Lugares mágicos donde las grandes civilizaciones de otro tiempo asentaron templos y ciudades, como si hubieran leído la tierra antes de construir sobre ella. Machu Picchu abrazada por sus montañas guardianas, Teotihuacán alineada con el cielo, Delfos llamada por los griegos el ombligo del mundo, Newgrange recibiendo el sol exacto del solsticio después de cinco mil años. En Oceanía, Uluru sigue siendo para los pueblos aborígenes mucho más que una roca roja: es memoria viva, es ley, es espíritu del tiempo del sueño. En el Tíbet, el Kailash es la montaña que no se escala, porque circunvalarla ya es la peregrinación completa.
Lugares perdidos donde los chamanes sanan otras almas y acuden en busca de sabiduría. Cuevas, cascadas, ríos de curva sagrada, árboles centenarios que han visto pasar generaciones enteras sin moverse un centímetro. Verdaderos portales que la naturaleza nos regala. No hace falta viajar al otro lado del mundo: cada territorio tiene los suyos, muchas veces olvidados bajo el asfalto o el descuido, esperando apenas que alguien vuelva a preguntarles permiso.
El cuerpo como portal
También el cuerpo abre sus propios umbrales.
La enfermedad, el sueño, el parto y la muerte son puertas de conciencia y sanación. Muchas tradiciones reconocen en la llamada «enfermedad de iniciación» el modo en que el espíritu convoca al futuro sanador: un quiebre físico o anímico que obliga a mirar hacia adentro, que desarma la vida conocida para volver a armarla de otra manera. No es un castigo, sino que es un llamado que a veces se disfraza de dolor porque es el único idioma que el cuerpo distraído sabe escuchar.

Los sueños lúcidos, viaje consciente del alma
Viajar conscientemente mientras el cuerpo duerme. Ese espacio donde el alma se suelta de las certezas del día y recorre paisajes propios, encuentra guías, resuelve lo que la vigilia no supo resolver. Los pueblos originarios de distintos continentes coinciden en algo que la ciencia occidental apenas empieza a nombrar con otras palabras: el sueño no es ausencia de conciencia, sino que es otra forma de ella. Meditación chamanica ¿te acuerdas?

Los infiernos de la mente
Y también existen los portales oscuros. Esos infiernos internos que cada quien conoce a su manera: la angustia que no cede, la sombra que se repite, el laberinto de pensamientos que da vueltas sobre sí mismo. El chamán no le teme a esos territorios, porque sabe que ahí también hay medicina escondida. Bajar a esa oscuridad con acompañamiento, con respeto y sin apuro, suele ser el camino más corto hacia la propia luz.
Los umbrales de la vida misma

Nacimiento, pubertad, maternidad y paternidad, vejez y muerte: portales iniciáticos que la vida misma va abriendo, lo queramos o no. Cada uno exige dejar atrás una forma de ser para encontrar otra. Las culturas antiguas honraban estos pasajes con rituales, con acompañamiento comunitario, con tiempo para transitarlos. Hoy muchas veces los cruzamos corriendo, sin pausa ni ceremonia, y después nos preguntamos por qué duelen tanto. Algunos pocos -locos para gran parte de la sociedad- aún seguimos haciendo pequeños rituales por las mañanas, los equinoccios, los solsticios y cuando la vida tiembla en cada final o comienzo.
A modo de conclusión
Quizás el camino de regreso no sea tan complicado como parece. Quizás tan solo empieza por algo tan simple como volver a pedir permiso antes de cortar una rama, agradecer al río antes de beber su agua, saludar a la montaña antes de subirla. Pequeños gestos que, repetidos, van tejiendo de nuevo ese idioma común entre el hombre y la tierra que alguna vez existió. Volver a dejar fluir la vida a través de los portales que la naturaleza nos sigue regalando.
Ojalá podamos caminar hacia un cambio de paradigma donde el ser humano vuelva a tener respeto por la tierra, por sus semejantes y por todos los seres vivos que comparten este mismo aliento. No como una vuelta al pasado, sino como una forma de futuro posible.

Feliz Vida 😊
Las fotos están en su rinconcito 📷
Cuanto me alegro de leerte, Amigo mío.
Me has hecho pensar, como ya es habitual, todas las semanas… Y me he dado cuenta de que no pido permiso, ni doy las gracias a la naturaleza, cada vez que estoy en ella… Y son muchos momentos. Aunque creo que me librará, mi actitud ante ella.
Mi admiración y observación, hasta mi embelesamiento ante un paisaje, hablan de mi sentir… Los colores me llenan, los sonidos me reconfortan, las brisas en otoño me hacen temblar de puro gozo…
Cuando era joven, la naturaleza era evasión y descubrimiento… Y ahora, muchas veces, también lo sigue siendo.
Te voy a contar una experiencia que tuve en un lugar de poder, de varios miles de años.
Son buenos lugares para meditar, si se está sólo y calmado.
Después de una buena caminata, me tumbe y me relaje, soltando todo lo que rondaba mi cabeza… Y comenzaron las imágenes… Se veía un grupo pequeño de personas, vestidos con pieles qué avanzaban hacia donde yo yacía y cuando estaban a mi altura uno de ellos se acercó y me orino encima, continuando después su camino…
No sabía que pensar , sobre está visualización, no estaba soñando ni era algo creado por mí…
Quienes eran?
Me vieron desde otra dimensión paralela o algo así?… Quizás, era algo que ocurrió en otro tiempo y yo solo lo “ conecté » ?…
Me ha parecido oportuno, contar está historia, un poco curiosa, en este post con el que reúnes, naturaleza y espiritualidad .
Sigo pensando, ¿ Por qué orinar?… Quizás como forma de superioridad o dominación?… Un símbolo, sin duda, impactante.
Algunas experiencia como estas calan profundo, por su autenticidad.
A ti, si te doy las gracias… Tú compañía en este camino, ya menos tortuoso, es un lujo.
Tus escritos generan introspección, que ya es tan necesaria, para entender esta aventura.
Un abrazo, reconfortante y luminoso, desde este lado del camino, Maestro.
Disfruta de la semana, compañero!!
Lagartija Brava, alma sabia del camino,
Leerte es siempre volver a sentarme contigo junto al fuego, aunque cada uno esté en su rincón del mundo. Gracias por traer, una vez más, esa sabiduría que dices no buscar mostrar y que sin embargo se derrama en cada línea tuya como agua de manantial.
Eso que cuentas del «no pedir permiso, no dar las gracias»… no te preocupes, amigo. La naturaleza no lleva cuentas. No es una acreedora esperando su pago. Ella se entrega igual, pida yo permiso o no, la agradezca o no. Pero el gesto de reconocerlo, como haces ahora, es un regalo que te haces a ti mismo, no a ella.
Es el alma recordándose que no está sola, que camina acompañada. Ese temblor de gozo que sientes con la brisa de otoño, esa admiración que dices que «habla de tu sentir»… eso ya es la gratitud, aunque no lleve palabras. Los colores que te llenan son ya una plegaria sin templo.
Y ahora, tu historia… qué regalo nos has dejado.
Los lugares de poder guardan memoria, Lagartija. No la memoria como la entendemos nosotros, ordenada y lineal, sino memoria de otro tipo: memoria de piedra, de raíz, de tiempo enroscado sobre sí mismo. Lo que viste bien pudo ser una grieta por donde se coló otro tiempo, otra gente, otra forma de estar en el mundo. No hace falta que decidamos si fue visión, recuerdo ajeno prestado, o sueño despierto. A veces la pregunta «¿qué fue esto?» nos aleja de la pregunta que sí importa: «¿qué me dijo?».
Y sobre el orinar… yo no lo leería como dominación, hermano. Entre los pueblos que caminaban descalzos sobre esta tierra, marcar con el propio cuerpo era, muchas veces, reconocer, no someter. Era decir «aquí hay algo vivo, esto es mío en el sentido de que me pertenece cuidarlo, de que formo parte de él». Los animales marcan así su territorio no para humillarlo, sino para tejerse a él. Quizás ese grupo no te vio como intruso, sino como parte del paisaje que ya reconocían suyo. Una bienvenida extraña, sí, pero bienvenida al fin. El cuerpo, en las culturas antiguas, nunca fue algo bajo o sucio como a veces lo hemos vuelto nosotros; era otro lenguaje sagrado, tan válido como el canto o el humo del copal.
Lo que sí es innegable es que te calo hondo, y eso ya es la señal de que era verdadero, viniera de donde viniera.
Gracias a ti, compañero, por caminar este sendero conmigo, por traer tus visiones al fuego común. Que esta semana la brisa te siga temblando de gozo, y que si otro grupo antiguo te visita en sueños, sepas recibirlo como lo que probablemente fue: una forma de decirte que perteneces.
Un abrazo desde este otro costado del sendero,
tu amigo y compañero de camino 🤗
Feliz vida, Sabio Amigo.
Como siempre llevándome a la reflexión, al autoconocimiento y a entender mejor el mundo que nos rodea. No solo el físico, el tangible sino aquel que solo se ve con los ojos del alma, del corazón o de aquello que sea lo que nos conforma como seres de entendimiento y sentimiento.
Como siempre, todo lo que has compartido me hace reflexionar, pero me quedo con las dos ultimas partes: los umbrales de la vida misma y la conclusión.
Que cierto es que la vida va por etapas. A veces no somos conscientes de esos cambios que producen en nosotros y en nuestra forma de ver la vida. Sólo mirando hacia atrás, con la perspectiva del tiempo alcanzamos a ver qué ya no somos los mismos. Que ante un hecho concreto, reaccionamos de manera distinta porque ya no somos los mismos. Y que hermosa conclusión a modo de deseo: la vuelta del ser humano a respetar la tierra, su hogar. No es nuestra posesión, es un legado y como tal debe seguir pasando a quienes vendrán después de nosotros. Ojalá seamos capaces de conseguir eso que tú has expresado tan bien: no volver al pasado sino a un futuro posible.
Abrazo infinito desde esta calurosa parte del mundo.
Querida Keti, que gusto leerte 😃
Tu comentario me gusta mucho, es honesto y sincero. Y quiero decirte algo que quizás no sepas: esa «humildad» tuya, ese decir «no sé», «no tengo sabiduría», es justamente la puerta más ancha por la que entra el entendimiento verdadero.
Los que creen saberlo todo cierran esa puerta sin darse cuenta. Vos la dejas abierta, y por eso entra la luz de otra manera en vos.
Hablas de mirar hacia atrás y descubrir que ya no somos los mismos. Es así, hermana. La vida no nos avisa cuando cruzamos un umbral; simplemente un día nos giramos y el paisaje detrás nuestro ya no es el que dejamos.
Eso que nombrás —el ver con los ojos del alma— es exactamente eso: la capacidad de reconocer, en la quietud, que algo en nosotros ha mudado de piel, como la serpiente que no vuelve a ser la de ayer aunque conserve su mismo nombre.
Y sí, ojalá podamos volver no al pasado —que ya cumplió su ciclo y nos entregó sus enseñanzas— sino a ese futuro posible donde la Tierra vuelva a ser tratada como lo que es: un hogar prestado, un legado en tránsito por nuestras manos, no una posesión para saciar el apetito de unos pocos.
Los pueblos originarios lo supieron siempre, y quizás nuestra tarea, en este tiempo, sea simplemente recordar lo que ellos nunca olvidaron.
Gracias por tu abrazo cálido desde tu rincón del mundo. Yo te devuelvo el mío, cargado de ese mismo fuego que se enciende cuando dos almas —aunque separadas por la distancia— comparten el mismo asombro ante el misterio de estar vivos.
Que los espíritus guardianes sigan iluminando tu camino, Keti.
Abrazo de viento a la distancia🙏✨
Me tengo que quitar el sombrero con tu respuesta.
Tú sensibilidad con las palabras son un ejemplo difícil de seguir, pero lo intentaré, compañero.
Sobre aquella visión…
Reconocer en vez de dominar, no me lo había planteado de esa forma, quizás por mi manera de pensar occidentalizada.
Podría ser… De todas formas, posterior a ese momento me cuesta entrar en ese círculo de piedras. Desde este nuevo planteamiento, quizás lo volveré a intentar.
También añadir, qué en los lugares de poder, los antiguos chamanes tendrían sus rituales para provocar esa conexión. Actualmente, cada cual, debería de tener sus propios métodos, para que se de , ese estado mental propicio , no crees?… Has probado a escribir en un lugar de estos?… Quizas se podría canalizar un texto interesante… Ahí lo dejo caer!!
Por aquí los cafés y tés van con hielo… Ya llegarán las tazas calientes más adelante. Buen texto, por cierto.
Disfruta del finde, amigo mío!!
Abrazotes.
Lagartija, hermano de fuego y palabra 😃
Me quito yo también el sombrero, entonces, y así seguimos los dos con la cabeza descubierta ante el misterio, que es como debe ser 😃
Eso que decía de «reconocer en vez de dominar» no es mío, en realidad. Es algo que la propia tierra viene repitiendo desde siempre, solo que a veces necesitamos que alguien nos lo traduzca en palabras para que el oído occidental, tan acostumbrado a poseer, pueda escucharlo. Tú ya lo sabías en el cuerpo, en ese respeto que te hace dudar antes de entrar al círculo de piedras.
Esa duda no es miedo, amigo, es buena educación del alma. Los lugares de poder reconocen la diferencia entre quien llega a tomar y quien llega a preguntar permiso con el silencio.
Sobre los antiguos chamanes y sus rituales, tienes toda la razón: ellos tenían el tambor, el humo, el ayuno, el canto que abría la puerta. Nosotros, los de ahora, un poco huérfanos de esas formas heredadas, tenemos que inventarnos las propias. Y no pasa nada, porque el ritual nunca fue lo importante en sí mismo, sino la intención que lo sostiene.
A veces basta con la respiración lenta, con tocar la piedra con la palma abierta, con quedarse muy quieto hasta que el cuerpo entienda que no viene a exigir nada.
Y sí, he escrito en esos lugares. Te confieso que las palabras que salen ahí tienen otro peso, como si la piedra prestara algo de su memoria a la tinta. No siempre sale algo «bueno» en el sentido literario, pero siempre sale algo verdadero.
Dejo caer yo también la idea: prueba a llevar un cuaderno pequeño la próxima vez que te sientes en un lugar así. No para forzar la visión, sino para dejar una puerta abierta por si algo quiere pasar. Lo que venga, vendrá con su propio ritmo.
También me gustaría compartir una observación muy particular sobre la energía de estos lugares que suelen considerarse portales, y que conviene tener presente antes de plantear la canalización en ellos.
No todos los portales naturales son iguales. Algunos presentan un flujo energético relativamente sutil, mientras que otros podrían compararse con auténticos ríos de energía; y esa diferencia lo cambia todo.
Sentarse a meditar en una cueva y anotar las impresiones o intuiciones que surjan puede ser una experiencia muy enriquecedora; ideas que clarifican, respuestas a problemas o inquietudes que venimos buscando. Sin embargo, intentar hacer lo mismo en el corazón de la Gran Pirámide o en un nodo de Nazca sería, por analogía, como pretender recoger agua con un vaso justo debajo de una gran catarata, o meditar en medio de un torrente caudaloso. La intensidad sería de otra magnitud.
Desde esa perspectiva, una experiencia de ese tipo podría desbordar la capacidad de procesamiento de la mente, hasta el punto de rozar la pérdida de toda referencia. En otras palabras, aquello que se intentara canalizar superaría con creces el umbral de lo que la conciencia ordinaria puede integrar. Espero haberme explicado bien porque hay mucha diferencia entre el me entiendes y el me explico jaja.
Me hace sonreír lo de los cafés con hielo mientras aquí, del otro lado del mundo, con las manos abrigadas, apenas sostenemos la taza caliente alrededor del fuego . El mundo gira y cada uno recibe su estación distinta, y sin embargo aquí seguimos, cerca, compartiendo fuego aunque sea a través de la pantalla.
Que el finde te encuentre en calma, compañero. Y si vuelves al círculo de piedras, entra despacio, como quien visita a un viejo amigo al que hace tiempo no ve.
Un abrazo grande, desde este lado del camino 🤗