AMOR Y CARIÑO: LA FALSA FRONTERA

Amor y cariño se han convertido en la falsa frontera del corazón.

Hoy hablamos un poco sobre cómo nombramos lo que sentimos y por qué eso importa más de lo que creemos


Existe una división que aprendimos tan temprano que ya no la cuestionamos. La repetimos con naturalidad, la usamos para organizar nuestras relaciones, para decidir qué decirle a quién y qué guardarnos:

A mis amigos los quiero. Pero a mi pareja la amo. A mis hijos los amo. A mis colegas, a mis vecinos, a esa persona que aparece en mi vida con frecuencia y me hace bien… bueno, les tengo cariño.

Tres palabras. Tres categorías. Tres cajones distintos donde guardamos lo que el corazón siente.

Pero, ¿y si esa división no existiera en el sentimiento mismo, sino únicamente en el nombre que elegimos ponerle?

¿Nunca lo pensaste?


El idioma que heredamos para hablar del corazón

Las lenguas no son neutrales. Cada idioma porta una cosmovisión, una manera de recortar la realidad y nombrarla. Y el español —como muchos idiomas occidentales— heredó una arquitectura emocional que jerarquiza el afecto: el amor arriba, el cariño abajo, el querer en un nivel intermedio, la amistad en su propio carril separado.

Aprendemos esa jerarquía antes de tener palabras para cuestionarla. Y una vez instalada, organiza no solo nuestro vocabulario sino nuestra percepción. Empezamos a sentir la diferencia porque aprendimos a nombrarla diferente.

El problema es que el corazón no funciona en cajones.


¿Cariño no es amor? Una pregunta simple, con respuesta incómoda

amor

Cuando le decimos a alguien te tengo cariño, ¿qué estamos diciendo realmente? Que nos importa su bienestar. Disfrutamos su presencia. Que si le pasa algo, algo en nosotros se mueve. O que el mundo es un poco mejor con esa persona en él.

¿Y cuando decimos te amo?

Que nos importa su bienestar. Disfrutamos su presencia. Que si le pasa algo, algo en nosotros se mueve. Que el mundo es un poco mejor con esa persona en él.

La diferencia, en la experiencia pura del sentimiento, no es de naturaleza. Es de intensidad, de historia compartida, de frecuencia de contacto, de contexto. Pero no de esencia.

Así descubrimos que ambos son el mismo río. Lo que cambia es el caudal.


El momento en que el amor se confundió con otra cosa

Entonces, ¿de dónde viene la separación? ¿Por qué sentimos que el amor es otra cosa y no simplemente cariño en su forma más plena?

Hay un punto de inflexión histórico y cultural que vale la pena nombrar: el día en que la sociedad empezó a llamar hacer el amor al acto sexual.

No es un detalle menor. Es, posiblemente, el origen de toda la confusión.

Cuando se fusiona el nombre del sentimiento más vasto y universal con el acto más íntimo y particular, ocurre algo muy fuerte: el amor queda cosificado. Ya no es solo un estado del corazón —es también algo que se hace, algo que implica cuerpos, deseo, intimidad física. Y a partir de ese momento, ese sentimiento tan epecial empieza a necesitar de esos componentes para ser reconocido como tal.

Si amor requiere deseo, entonces lo que siento por mi amigo de veinte años —sin deseo de por medio— no puede llamarse amor. Así que lo llamamos cariño. Y así lo rebajamos, sin querer, a una categoría menor.

El amor no perdió nada de su sustancia. Solo perdió su nombre.


Los tres ingredientes que complicaron todo

La psicología occidental —siguiendo al psicólogo Robert Sternberg, entre otros— construyó un triángulo para explicar el amor romántico: pasión, compromiso e intimidad. Tres vértices que, combinados en distintas proporciones, dan lugar a distintos tipos de amor: el romántico, el compañero, el fatuo, el sociable, el platónico, el completo. -Que es lo que seguramente has leído en cientos de libros y encontrado en otras tantas webs para explicar y diferenciar lo que es amor y lo que es cariño-

Es planteo de Sternberg es simplemente un modelo inteligente para entender las relaciones de pareja.

El problema es que ese modelo se escapó de su contexto y se convirtió en la definición del amor a secas. Como si el amor que no incluye los tres vértices fuera amor incompleto, un amor menor, que merece otro nombre.

Pero un abuelo que cuida a su nieto con devoción silenciosa durante décadas no tiene pasión romántica ni intimidad sexual. ¿Es su amor incompleto? ¿Es solo cariño?

Dos amigos que se acompañan en los momentos más oscuros de sus vidas, que se conocen mejor de lo que se conocen sus propias parejas, que se eligen una y otra vez a pesar de que la vida los separa. ¿Eso no clasifica como amor porque no hay deseo?

Algo falla en el modelo, no en el sentimiento.


Lo que el griego sabía y nosotros olvidamos

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Las culturas que pensaron con más cuidado sobre el amor entendieron lo que nosotros aplanamos en una sola palabra. El griego antiguo tenía al menos seis términos para nombrar distintas formas de amor, cada uno con su dignidad propia:

Eros — el sentimiento encendido, el deseo, la atracción que incendia. Lo que hemos llamado amor romántico.

Philia — el sentimiento de la amistad profunda, el afecto entre iguales que se eligen. Lo que a veces, empobreciendo el idioma, llamamos solo cariño.

Storge — el sentimiento natural entre padres e hijos, entre hermanos, el que no se elige sino que se descubre ya presente.

Pragma — el sentimiento maduro, construido, sostenido en el tiempo más allá de la pasión inicial. El sentimiento que dura.

Agape — el sentimiento más amplio. El amor incondicional, universal, que no depende de la correspondencia ni del mérito. Lo que las tradiciones espirituales llaman amor al prójimo, compasión activa, el corazón que se abre sin condición.

Ludus — el sentimiento lúdico, liviano, el juego del afecto sin la carga del compromiso.

Seis palabras. Seis formas de nombrar sin jerarquizar, sin decir que una vale más que otra. Sin decir que Eros es amor y Philia es solo cariño.

Nosotros colapsamos todo eso en dos palabras y después nos preguntamos por qué tenemos problemas para entender lo que sentimos.


El amor que no necesita nombrarse: padres e hijos

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Hay una forma de amor que merece su propio párrafo, no porque sea superior, sino porque es diferente en su estructura.

El sentimiento entre padres e hijos —el Storge griego— tiene una característica que lo hace único: no surge de la elección. Está antes de que haya historia, antes de que haya conocimiento del otro, antes de que haya razón alguna para amar. Es el amor que precede al tiempo.

Una madre que ve a su hijo por primera vez no lo conoce. Pero algo en ella ya lo ama antes del primer nombre, antes de la primera palabra, antes de cualquier razón. Ese amor no necesita méritos. No se construye,simplemente se descubre, porque el alma lo sabe de antes.

Y sigue siendo cariño, en su forma más pura. Sigue siendo afecto, ternura, deseo de proteger. No es una categoría aparte del amor: es amor en su forma más originaria, la que más se parece al Agape, a ese amor que da sin pedir nada a cambio.

La diferencia no está en la naturaleza del sentimiento. Está en que este amor particular llega sin que nadie lo invoque.


Volver al principio: la moneda del corazón

Más allá de definiciones y categorías, el ser humano es social, profundamente social, y se mueve por los afectos. Alguien dijo una vez que un corazón tira más que una yunta de bueyes, y en esa imagen campesina y directa está toda la verdad. -que después se desvirtuó a otro dicho que más afirma lo que vengo diciendo: una concha tira más que una yunta de bueyes- Otra vez el amor cosificado en un dicho.

El fenómeno de amor —en todas sus formas, con todos sus nombres— es el más estudiado, el más complejo, el más incomprendido y el más multidimensional de la experiencia humana. Hemos escrito sobre él más que sobre cualquier otra cosa. Y aun así seguimos equivocándonos en lo básico: creemos que esas dos palabras son sentimientos distintos cuando son el mismo árbol en distintas estaciones.

Privilegiar el sentimiento sobre la categoría no es error. Es sabiduría.

Llamarle amor a lo que sentís por tu amigo de toda la vida no confunde nada. Lo honra. Le devuelve su dignidad a un vínculo que la lengua, sin querer, había rebajado.

Y si eso incomoda, si alguien siente que amor es demasiado para lo que siente por quien no es su pareja o sus hijos, vale la pena preguntarse: ¿quién me enseñó que el corazón tiene cuotas?


amor

Feliz Vida 😊

Las fotos están en su rinconcito 📷

4 comentarios en “AMOR Y CARIÑO: LA FALSA FRONTERA”

  1. La confusión del amor.

    Durante la mayor parte de mi vida, confundí lo que yo creía amor, por algo que no lo era.

    El amor era para mí, equivocadamente y sin darme cuenta, algo parecido a un acompañamiento. Un acompañamiento cariñoso y afectivo, pero no había mucha mas profundidad en ello.

    Las relaciones afectivas de las que disfrute en su momento, eran en aquellos tiempos, probar una y otra vez -lo que yo creía amor-, con distintas parejas. Ninguna de esas relaciones, salió bien.

    Observaba en mi entorno a otras parejas, y aunque en apariencia parecía irles mejor que a mí, el resultado era parecido. Con las amistades, sucedía también algo similar.

    Un día, tras la llegada de la espiritualidad a mi vida y después de largas reflexiones, fui comprendiendo el equívoco.

    Deseo, novedad y distracción; eso era lo que había sentido hasta entonces. Eso fue lo que viví, con parejas y amistades. Pero eso, nunca fue amor.

    Un tiempo después y dándome cuenta, de que nunca había experimentado el amor en su realidad, decidí buscar una nueva pareja para poder vivirlo. Y esta vez sí, lo intentaría desde la espiritualidad y con todo lo aprendido hasta entonces. Estaba dispuesto y muy ilusionado.

    Que feliz seria con mi nueva pareja. Todo resultaría magnifico. Me puse manos a la obra y lo intente. Esta vez, iba a por todas. ¿Y que ocurrió?, pues algo que no esperaba.

    Nunca había tenido grandes dificultades en tener pareja, pero de repente, todas las féminas me ignoraron. Vamos, que no me hicieron ni caso. Y por mas que lo intente, el resultado fue ninguno.

    ¿Como era posible, que en todos mis años de inconsciencia, sí tuviera parejas, y en cuanto lo intente desde la consciencia, no lo conseguí de ningún modo?. No entendía nada.

    Hasta que un día, lo comprendí.

    En mis largos años de inconsciencia, la vida me ofreció la oportunidad de experienciar. Desear, emocionarme y.. equivocarme.

    Pero con la llegada de la consciencia a mi vida, se cerró de algún modo, esa puerta a la experimentación. El camino que venia por delante, debía transitarlo solo.

    Y a mi humilde forma de entenderlo -aunque quizá este equivocado-, la vida sabia que para alguien como yo -de distracción fácil-, una nueva pareja habría sido un freno en mi camino.

    A día de hoy, no hay pareja. Y con lo que viene por delante, ya ni lo intento.

    Creo mas o menos -o un poco-, conocerme a mi mismo. Pero hay algo, que me conoce mejor. Y ese algo, oriento mis pasos hacia un camino de soledad. Y agradecido de corazón, estoy por ello.

    En mi sola compañía -que en ocasiones no resulta nada fácil-, he podido centrarme, descubrir, sorprenderme y emocionarme como nunca había sentido.

    Y aunque el deseo de compartir en compañía todo lo descubierto, es en ocasiones enorme, intento seguir adelante en esta gran aventura que es la vida, descubriendo poco a poco, un concepto del amor que nunca antes había vivido.

    Un abrazo

    1. Qué regalo de comentario has dejado Barón Rojo 😃

      Hay un valor enorme en lo que has comentado hoy. No todo el mundo llega a un espacio como este, así y dice: «me equivoqué, y aquí está el mapa de cómo me equivoqué.» Eso no es una derrota. Es la crónica de alguien que de verdad estuvo presente en su propia vida, aunque tardara en comprenderlo.

      Llamarle «fracaso» a haber confundido el deseo con el amor es como llamarle fracaso a haber confundido el reflejo del agua con el cielo. El error estaba en el espejo, no en ti. Por eso muchas veces lo digo: el fracaso no es mala palabra, es tan solo proponerte algo, moverte tras ello y no alcanzarlo; hasta una publicación especial le supe dedicar para abordarlo.

      Lo que describes —deseo, novedad, distracción— es pura honestidad. Es la materia prima de casi todas las relaciones humanas mientras dormimos. El mundo entero construye canciones, películas y novelas sobre eso, y lo llama amor. No estabas fuera de la norma. Estabas dentro de ella. La diferencia es que algo en ti despertó y preguntó: ¿pero esto es todo?

      Y entonces llegó esa paradoja que describes con tanta lucidez: intentar desde la consciencia lo que antes hacías desde el sueño, y encontrar que la puerta estaba cerrada. Qué momento tan desconcertante debe haber sido ese. Y qué revelador también.

      Porque hay caminos que solo se pueden andar solos. No como castigo. No como carencia. Sino porque el compañero de viaje habría sido una distracción del viaje mismo. La vida está llena de esos caminos.

      La vida —esa inteligencia que nos conoce mejor de lo que nos conocemos— suele ser muy eficiente en esto. Cierra lo que nos detendría. Abre lo que no sabemos que necesitamos.

      Y tú lo reconoces. Lo que es más: lo agradeces. Eso ya es amor en movimiento. Amor que ya no necesita un objeto externo para existir. Amor que empieza a habitar el único lugar donde puede ser completamente libre: adentro.

      La soledad que describes —esa que «en ocasiones no resulta nada fácil»— no es ausencia. Es el espacio donde eso que llamas ese algo puede hablarte sin interferencias. Y cuando dices que te has sorprendido y emocionado como nunca antes… eso ya no es vacío. Eso es plenitud sin testigos. Estar solos es muy diferente a estar en soledad o sentirla.

      Quizás el amor que buscabas con tanto ímpetu no era el que debías dar a otra persona todavía. Era el que debías aprender a darte a ti mismo.

      Gracias por traer todo esto con tanta honestidad y tanta gracia. Comentarios como el tuyo son los que hacen que este espacio tenga razón de existir.

      Un abrazo de viento largo y sereno desde este lado del camino 🤗

  2. Tienes mucha razón, el idioma ya nos predispone a jerarquizar los sentimientos y las relaciones, al menos hasta que nos damos cuenta de que lo que importa , no es el nombre de lo que sentimos, sino el valor y la importancia que damos a nuestros sentimientos.

    Y la intensidad… Dentro de las relaciones; sentimentales, amistades, laborales… Podemos encariñarnos mucho o poco, hay personas que nos hacen dichosos, otras nos divierten, otras nos estabilizan, otras acompañan, otras nos inspiran a ser mejor persona… Es difícil definir ese sentimiento, pero la verdad, es que hay una gran diferencia en lo que sentimos por cada una y lo que nos mueve por dentro. Sabemos qué relaciones no queremos perder porqué moriría una parte nuestra con ello. Otras relaciones van y vienen, he tenido compañeros de trabajo con una relación de uña y carne y cuando acaba, no pasa nada.

    En ocasiones se confunde el amor con otras cosas, es normal, lo ponemos en un pedestal… Es lo que nos han enseñado, es lo más de todos los sentimientos, además las hormonas se vuelven locas y la cabeza tiene distracción asegurada. Así que es fácil que mole esa sensación, pero no es real… El amor verdadero sabe perdonar y sabe odiar, no huye ante una afrenta, busca el por qué detrás de ella. Cuando no es así, no es amor… Es otra cosa.

    No conocía todos los nombres qué los griegos tenían para definir el amor, creo que hoy en día, tendrían que buscar más nombres, ya que sino los llamarían intolerantes, no inclusivos y demás, jaja…

    Y también aciertas, hay amores que no tienen los tres vértices y en vez de dejar de definirse como amor , se convierten en un ejemplo de algo que trasciende las palabras y los encasillamientos.

    Vaya rollo que te estoy contando, amigo mío, ni qué fuera Julio Iglesias, eh… Jajaja.

    Únicamente he intentado aportar una mirada propia y sincera, desde mi experiencia.
    Y como conclusión, recordar que cuando queremos a alguien en nuestra vida, por encima de todo, demostramos la importancia que le damos… El nombre qué tiene esto? Qué cada cual se lo ponga como quiera…

    Gracias maestro, por hacernos pensar y pensar y pensar… Es un placer tú compañía. Cuidate mucho. Abrazotes!!.

    1. Lagartija Brava 😃

      No es un rollo, amigo mío lo que dices. Es exactamente lo que este espacio convoca: que cada uno traiga sus propias brasas y avive el fuego común. Y las tuyas arden con una claridad que no se improvisa; esa es la llama de quien ha vivido lo que cuenta.
      «Lo que importa no es el nombre de lo que sentimos, sino el valor y la importancia que damos a nuestros sentimientos.»

      Ahí lo dijiste todo, y lo dijiste primero. Me parece que hay en tu comentario una idea sobre este tema que incluso va más allá de lo que abordaba en la publicación, la supera en muchas cosas que dices. El lenguaje nos entrega mapas, pero el terreno que llamamos vida es otro asunto. Cuando por fin aprendemos eso —que la etiqueta no es la botella, que la palabra no es el vino— algo se afloja por dentro y empezamos a relacionarnos con más honestidad y menos miedo al nombre equivocado.

      Eso que describes sobre las relaciones que van y vienen —el compañero de trabajo con quien compartiste uña y carne, y al que luego dejaste ir sin drama— es una de las verdades más adultas y menos celebradas que existen. No toda despedida es una pérdida. Algunas son simplemente el ciclo cumplido, el río que siguió su cauce. Ese tan simple: gracias, nada te debo, nada me debes.

      Y lo del amor que sabe perdonar y sabe odiar… eso me hizo pensar. Porque ahí tocas algo que muy pocos se atreven a decir: que el amor real no es anestesia. No adormece. Siente todo, incluso lo incómodo, y aun así elige quedarse a preguntar el por qué. El amor light, el que huye ante la primera fricción, quizá sea solo el deseo de sentirse bien con alguien. Que también tiene su valor, pero es otra cosa, como bien dices.

      Y lo de los griegos que tendrían que inventar más nombres hoy… me hiciste reír. Hay un engendro de nuevas realidades con eso de los géneros transversales, los que se aperciben, los que dicen A, pero son B y los que ni siquiera tienen género. Tal vez sí. Aunque también sospecho que ellos, con toda su filosofía, ya intuían que los nombres siempre serán pocos para lo que el corazón humano es capaz de sentir.

      Gracias por compartir tu experiencia sin adornos prestados. Eso —lo que demuestras con el acto mismo de escribir así— también tiene un nombre, aunque quizá no haga falta ponerle ninguno.
      Con afecto genuino, el fogonero del fogón 😃

      Te dejo un gran abrazo de viento a la distancia 🤗

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